Parte Primera – DE LA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN EN GENERAL

Parte Primera – DE LA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN EN GENERAL

Parte Primera

DE LA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN EN GENERAL

Excelencia y necesidad de la devoción a la Santísima Virgen

14. Confieso con toda la Iglesia que no siendo María sino una pura criatura salida de las manos del Altísimo, comparada con la Majestad infinita es menos que un átomo, o más bien es nada, puesto que sólo Dios es quien es, y por consiguiente, confieso que este gran Señor, Ser soberano y absoluto, ni ha tenido ni ahora tiene necesidad alguna de la Santísima Virgen para hacer su voluntad santísima y para manifestar su gloria. Basta que Dios quiera, para que todo se haga.

15. Digo, sin embargo, que así y todo, habiendo querido Dios empezar y concluir sus más grandes obras por la Santísima Virgen desde que la formó, es de creer que no cambiará de conducta en el transcurso de los siglos, pues es Dios y no varía en sus sentimientos ni en su proceder.

16. El Eterno Padre no ha dado su único Hijo al mundo sino por medio de María. Por más suspiros que hayan exhalado los Patriarcas, por más ruegos que le dirigieron los Profetas y los Santos de la antigua ley durante cuatro mil años para poseer ese tesoro, no ha habido más que María que lo haya merecido y que haya obtenido gracia ante Dios en fuerza de sus súplicas y por la alteza de sus virtudes. El mundo era indigno, dice San Agustín, de recibir al Hijo de Dios directamente de las manos del Padre; se lo ha dado a María para que el mundo lo recibiese por Ella. El Hijo de Dios se ha hecho hombre para nuestra salvación, pero en María y por María. El Espíritu Santo ha formado a Jesucristo en María, pero después de haberla pedido su aquiescencia por uno de los primeros ministros de su corte.

17. El Eterno Padre ha comunicado a María su fecundidad, en cuanto una pura criatura podía recibirla, a fin de darle poder para engendrar a su Hijo y después a todos los miembros de su cuerpo místico.

18. Dios Hijo ha bajado a su seno virginal, como el nuevo Adán al paraíso terrestre, para tener en Ella sus complacencias y para obrar en Ella las grandes maravillas de la gracia. Dios hecho hombre ha encontrado su libertad en verse aprisionado en su seno; ha hecho aparecer su poder en dejarse mandar por esta Virgen bendita; ha hallado su gloria y la de su Padre en ocultar sus esplendores a todas las criaturas de la tierra para no revelarlos sino a María; ha glorificado su independencia y su majestad en depender de esta humilde Virgen en su Concepción, en su Nacimiento, en su Presentación en el templo, en su vida oculta de treinta años, hasta su muerte, en la que debía acompañarle, porque no quería menos que sacrificarse con Ella y ser inmolado con su beneplácito al Padre Eterno, como en otro tiempo Isaac, por la obediencia de Abraham, a la voluntad de Dios. Ella es quien le ha amamantado, alimentado, cuidado, y podríamos añadir, sacrificado por nosotros.
¡Oh admirable e incomprensible dependencia de un Dios! El Espíritu Santo, para demostrarnos todo su valor, no ha podido pasarla en silencio en el Evangelio, por más que nos haya ocultado casi todas las cosas admirables que esta Sabiduría encarnada ha hecho en su vida oculta. Jesucristo ha dado más gloria a Dios, su Padre, por la sumisión que ha tenido a María durante treinta años, que la que le hubiera proporcionado convirtiendo al mundo entero por obra de sus mayores maravillas. ¡Oh, cuán altamente se glorifica a Dios desde el momento en que para complacerlo se somete uno a María, a imitación de Jesucristo, nuestro único modelo!

19. Si examinamos de cerca el resto de la vida de Jesucristo, encontraremos que ha querido inaugurar sus milagros por María. Santificó a San Juan en el seno de su madre Santa Isabel por la palabra de María, porque apenas habló la Virgen, Juan fue santificado, y ese es el primero y mayor milagro de la gracia. Bastó el humilde ruego de María para que en las bodas de Caná cambiase el agua en vino, y ese es su primer milagro sobre la naturaleza. Ha principiado y seguido sus milagros por María, y los continuará por María hasta la consumación de los siglos.

20. El Espíritu Santo, que no produce otra persona divina, se ha hecho fecundo por María, con quien se ha desposado. Con Ella, en Ella y de Ella ha producido su obra maestra, que es un Dios hecho hombre; produce todos los días y producirá hasta el fin del mundo los predestinados, que son los miembros del cuerpo de esa cabeza adorable; por eso cuanto más encuentra a María su cara e indisoluble Esposa, en una alma, tanto más deseoso y decidido se muestra a producir a Jesucristo en esa alma, y a esa alma en Jesucristo.

21. No se quiere por esto decir que la Santísima Virgen da fecundidad al Espíritu Santo, cual si de ella careciese, puesto que, siendo Dios, posee la fecundidad infinita; sino que el Espíritu Santo, por la mediación de la Santísima Virgen, de la que tiene a bien valerse, aunque no la necesite absolutamente, pone por obra su fecundidad, produciendo en Ella y por Ella a Jesucristo y sus miembros; misterio de gracia desconocido hasta de los cristianos más sabios y espirituales.

22. Y la conducta que las tres Personas de la Santísima Trinidad han observado en la Encarnación y en la primera venida de Jesucristo, la siguen todos los días, de una manera invisible, en la Santa Iglesia, y la observarán hasta la consumación de los siglos, aun en la última venida del Señor.

23. Dios Padre, que ha hecho un conjunto de todas las aguas, que ha llamado mar, ha hecho un conjunto de todas sus gracias, que ha llamado María. Este gran Dios tiene un tesoro o un depósito muy rico, en el que ha encerrado cuanto hay de hermoso, de radiante, de raro y de precioso, hasta su mismo Hijo; y este inmenso tesoro no es otra cosa sino María, que los Santos llaman el tesoro del Señor, y de cuya plenitud se enriquecen los hombres.

24. Dios Hijo ha comunicado a su Madre cuanto ha adquirido por su vida y su muerte, sus méritos infinitos y sus virtudes admirables, y la ha hecho tesorera de todo lo que su Padre le ha dado en herencia; por Ella aplica sus méritos a sus miembros; por Ella comunica sus virtudes y distribuye sus gracias; es su canal misterioso, es su acueducto de oro por el que hace pasar suave y abundantemente sus misericordias.

25. Dios Espíritu Santo ha comunicado a María, su fiel Esposa, sus dones inefables, y la ha escogido como dispensadora de todo lo que posee; de manera que Ella distribuye a quien quiere, cuanto quiere, como quiere y cuando quiere, todos sus dones y sus gracias, y ningún don celestial se hace a los hombres sin que pase por sus manos virginales, pues tal ha sido la voluntad de Dios, que ha querido que lo tengamos todo por María; así será enriquecida, enaltecida y honrada por el Altísimo, la que se ha empobrecido, humillado y ocultado hasta el fondo de la nada por su profunda humildad durante toda su vida. He aquí los sentimientos de la Iglesia y de los Santos Padres.

26. Si hablase con los espíritus fuertes de estos tiempos, todo lo que sencillamente manifiesto, lo probaría más extensamente por las Santas Escrituras y por los Santos Padres, cuyos pasajes en latín citaría; probaría todo esto con razones que pueden verse citadas por el Rdo. P. Poiré, de la Compañía de Jesús, en su Triple corona de la Santísima Virgen; pero como hablo particularmente con los sencillos, que siendo gentes de buena voluntad y que tienen más fe que la generalidad de los sabios, creen con más sencillez y con más mérito, me contento con declararles simplemente la verdad sin detenerme a citarles los pasajes latinos que no entienden. Prosigamos.

27. Perfeccionando la gracia a la naturaleza, y perfeccionando la gloria a la gracia, es cierto que Nuestro Señor, hasta en el cielo, es tan Hijo de María como lo era en la tierra, y que, por consiguiente, ha conservado la sumisión y la obediencia más perfecta de todas las criaturas hacia la mejor de todas las madres.
Pero conviene no ver en esta dependencia la menor humillación o imperfección en Jesucristo, pues encontrándose María muy por debajo de su Hijo, que es Dios, no le manda como una madre de la tierra mandaría a su hijo, que es inferior a ella; María, transformada toda en Dios por la gracia y por la gloria que transforma a todos los Santos en El, no pide, no quiere ni hace cosa alguna que sea contraria a la eterna e inmutable voluntad de Dios. Así, cuando se lee en los escritos de los Santos Bernardo, Buenaventura, Bernardino, etc., que en el cielo y en la tierra, todo, incluso el mismo Dios, está sometido a la Santísima Virgen, se entiende que la autoridad que Dios ha tenido a bien confiarle es tan grande, que parece que posee el mismo poder que Dios, y que sus ruegos y peticiones tienen tanto poder para con Dios, que siempre pasan como mandatos de un Dios que nunca desoye el ruego de su querida Madre, porque siempre respeta y se conforma con su voluntad.
Si Moisés, por la fuerza de su ruego contuvo la ira de Dios sobre los israelitas de un modo tan poderoso, que no pudiendo el Altísimo y misericordioso Señor desestimarlo, le dijo que le dejase encolerizarse y castigar a ese pueblo rebelde, ¿qué debemos pensar nosotros, con más motivo, de las súplicas de la humilde María y digna Madre de Dios, que tiene más influencia para con su Majestad que las oraciones e intercesiones de los ángeles y de los Santos todos del cielo y de la tierra? (Exodo 32,10).

28. María manda en el cielo a los ángeles y a los bienaventurados. Como recompensa de su profunda humildad, Dios le ha dado el poder y el encargo de llenar de Santos los tronos vacíos de los ángeles apóstatas caídos por el orgullo. Tal es la voluntad del Altísimo, que engrandece a los humildes, que el cielo, la tierra y el infierno se sujetan de bueno o de mal grado a los mandatos de la humilde María, a quien ha hecho Soberana del cielo y de la tierra, generala de sus ejércitos, tesorera de su hacienda, dispensadora de sus gracias, obradora de sus grandes maravillas, reparadora del género humano, mediadora de los hombres, exterminadora de los enemigos de Dios y fiel compañera de sus grandezas y de sus triunfos.

29. El Eterno Padre quiere tener siempre hijos por María hasta la consumación de los siglos, y le dice estas palabras: Residirás en Jacob (Eccli. 24,13), esto es, harás tu domicilio y residencia en mis hijos y predestinados, figurados por Jacob, y de ningún modo en los hijos del demonio y de los réprobos, figurados por Esaú.

30. De la misma manera que en el orden natural es necesario que un hijo tenga padre y madre, así en el orden de la gracia todas las verdaderas criaturas de Dios y predestinados tienen a Dios por Padre y a María por Madre; y quien no tenga a María por Madre, no tiene por Padre a Dios. Por eso tanto los réprobos como los herejes, los cismáticos, etcétera, que odian o miran con desprecio o indiferencia a la Santísima Virgen, no tienen a Dios como Padre por más que de ello se jacten, porque no tienen a María por Madre; pues si la poseyesen como Madre, la amarían y honrarían de la misma manera que un buen hijo ama naturalmente y honra a la madre que le ha dado la vida.
La señal más infalible y más indudable para distinguir un hereje, un hombre de mala doctrina, un réprobo, de un predestinado, está en que tanto el hereje como el réprobo, no tienen sino menosprecio o indiferencia para con la Santísima Virgen, cuyo culto y amor tratan de amenguar por medio de sus palabras y ejemplos, ora abierta, ora ocultamente y a veces con pretextos ingeniosos. Por eso ha dicho Dios Padre a María que no habitase en ellos, porque son falsos como Esaú.

31. Dios Hijo quiere formarse y, por decirlo así encarnarse todos los días por medio de su amantísima Madre, en los miembros místicos de su cuerpo, que son los justos, y por eso dice a María: Recibe a Israel por herencia (Eccli. 24,13). Lo que es lo mismo que si dijera: Mi Padre me ha dado por herencia todas las naciones de la tierra, todos los hombres buenos y malos, predestinados o réprobos; a los unos los guiaré con la vara de oro del amor; a los otros, con la vara de hierro de la justicia; seré el padre y defensor de los unos, el justo vengador de los otros y el juez de todos; pero Vos, mi carísima María, no tendréis como herencia y propiedad sino a los predestinados, representados por Israel, y como buena Madre suya, los criaréis y cuidaréis, y como soberana de los mismos, los guiaréis, gobernaréis y defenderéis.

32. Un hombre y un hombre ha nacido en Ella, dice el Espíritu Santo. Según la explicación de algunos Padres, el primer hombre nacido de María es el Hombre-Dios, Jesucristo; el segundo es un hombre puro, hijo de Dios y de María, por adopción. Si Jesucristo, el Jefe de los hombres, ha nacido en Ella, los predestinados, que son los miembros de esa cabeza, deben también nacer en Ella por una consecuencia necesaria. Una misma madre no da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza: de otra manera sería un monstruo de la naturaleza; del mismo modo en el orden de la gracia, la cabeza y los miembros nacen de una misma madre; y si un miembro del cuerpo místico de Jesucristo, es decir, un predestinado, naciese de otra madre que no fuese María, que ha producido la cabeza, no será ya un predestinado ni un miembro de Jesucristo, sino un monstruo, en el orden de la gracia.

33. Además, siendo ahora, como siempre, Jesucristo fruto bendito del vientre de la Virgen, según el cielo y la tierra repiten mil y mil veces todos los días, es indudable que Jesucristo es, en particular, para todo aquel que vive unido con El por medio de la gracia, tan verdaderamente fruto y obra de María, como lo es para todo el mundo en general.
De modo que, según esa doctrina, todo fiel que viva en Jesucristo y para Jesucristo puede decirse a sí propio: Lo que yo poseo es efecto y fruto que yo no tendría sin María; y a Ella se le pueden aplicar con más verdad que a San Pablo estas palabras: Yo doy a luz todos los días hijos de Dios, para que Jesucristo mi Hijo se forme en ellos en la plenitud de su edad (Gal. 4,19).
Excediéndose a sí mismo San Agustín, afirma que para que todos los predestinados se asemejen a la imagen del Hijo de Dios, están en este mundo ocultos en el seno de la Santísima Virgen, en donde esta buena Madre los guarda, alimenta, conserva y desarrolla hasta tanto que los da a luz en la gloria, después de la muerte, que es propiamente el día de su nacimiento, como la Iglesia llama a la muerte de los justos. ¡Oh misterio de gracia ignorado de los réprobos y poco sabido de los predestinados!

34. Dios Espíritu Santo quiere formarse en Ella y formar por Ella a los elegidos, y así, le dice: Arraiga en mis elegidos (Eccli. 24,13). Echad, querida mía y Esposa mía, las raíces de todas vuestras virtudes en mis elegidos, a fin de que crezcan de virtud en virtud y de gracia en gracia.
He tenido tanta complacencia en Vos, cuando vivíais en la tierra, practicando las más sublimes virtudes, que todavía deseo hallaros en la tierra sin que ceséis de estar en el cielo. Reproducíos para este efecto en mis elegidos; que yo vea en ellos con complacencia las raices de vuestra fe invencible, de vuestra humildad profunda, de vuestra mortificación universal, de vuestra oración sublime, de vuestra caridad ardiente, de vuestra esperanza firme y de todas vuestras virtudes. Sois eternamente mi Esposa tan fiel, tan pura y tan fecunda como siempre: que vuestra fe me dé fieles; que vuestra pureza me dé vírgenes; que vuestra fecundidad me dé escogidos y predestinados, templos de mi gloria y de mi gracia.

35. Cuando María ha echado sus raíces en un alma, produce en ella maravillas de gracia que sólo Ella puede producir, porque sólo Ella es la Virgen fecunda que nunca ha tenido ni jamás tendrá igual en pureza y en fecundidad.
María ha producido, por el Espíritu Santo, la mayor obra que se haya producido o que pueda producirse jamás, que es un Dios Hombre, y consiguientemente Ella producirá las mayores cosas que haya en los últimos tiempos. La formación y la educación de los grandes Santos que habrá hacia el fin del mundo, le está reservada; porque sólo esta excelente y milagrosa Virgen puede producir, en unión del Espíritu Santo, cosas grandes, extraordinarias, en la Iglesia de Jesucristo.

36. Cuando el Espíritu Santo su Esposo la ha encontrado en un alma, vuela allí, entra en ella de lleno, se comunica abundantemente con esa alma, y una de las grandes razones por las cuales el Espíritu Santo no hace ahora maravillas asombrosas en las almas, es porque no encuentra en ellas una unión bastante grande con su fiel e indisoluble Esposa María. Digo indisoluble Esposa, porque después de este Amor substancial del Padre y del Hijo se ha desposado con María para producir a Jesucristo, cabeza de los elegidos, y para producir a Jesucristo en los elegidos, no la ha repudiado jamás, porque María siempre ha sido fecunda y fidelísima Esposa.

37. De lo que acabo de decir debe colegirse evidentemente: 1.º Que Maria ha recibido de Dios un gran dominio sobre las almas de los elegidos; pues sin ese dominio no puede hacer su residencia en ellos, como Dios Padre se lo ha ordenado; no puede formarlos en Jesucristo y formar a Jesucristo en ellos; echar en el corazón de los Santos las raíces de sus virtudes y ser la compañera inseparable del Espíritu Santo por sus obras de gracia; digo que Ella no podría realizar todas esas cosas a menos que no tenga derecho y dominio en las almas por una gracia singular del Altísimo, quien habiéndole dado poder sobre su Hijo único y natural, le ha dado también poder sobre sus hijos adoptivos, no sólo en cuanto al cuerpo, lo que sería poca cosa, sino también en cuanto al alma.

38. María es la Reina del cielo y de la tierra por la gracia, como Jesús es Rey por naturaleza y por conquista; pues como el reino de Jesucristo consiste principalmente en el corazón y en el interior del hombre, según estas palabras: El reino de Dios está dentro de vosotros (Luc. 17,21), del mismo modo el reino de la Santísima Virgen está principalmente en el interior del hombre, es decir, en las almas, y en las almas es en donde principalmente está más glorificada con su Hijo que en todas las criaturas visibles, y podemos llamarla con los Santos, Reina de los corazones.

39. 2.º Es preciso convenir en que siendo la Santísima Virgen necesaria a Dios, con una necesidad que se llama hipotética, esto es, con una necesidad que es consiguiente a los planes y voluntad de Dios, es mucho más necesaria a los hombres para que éstos lleguen a conseguir su último fin. No debe, pues, confundirse la devoción a la Santísima Virgen con las devociones a los demás santos, como si no fuese más necesaria que las demás devociones, y se tratase de una supererogación, y no de una necesidad.

40. El docto y piadoso Suárez, de la Compañía de Jesús; el sabio y devoto Justo Lipsio, doctor de Lovaina, y varios otros doctores, han probado incontestablemente, fundándose en el sentir de los Padres, entre otros de San Agustín, de San Efrén, diácono de Edesa; de San Cirilo de Jerusalén, de San Germán de Constantinopla, de San Juan Damasceno, de San Anselmo, San Bernardo, San Bernardino, Santo Tomás y San Buenaventura, que la devoción a la Santísima Virgen es necesaria para la salvación, y que es una señal infalible de reprobación, como lo han reconocido Ecolampadio y algunos otros herejes, el no tener estimación y amor a la Santísima Virgen; y que por el contrario, es una señal infalible de predestinación el serle entera y verdaderamente adicto o devoto.

41. Las figuras y las expresiones del antiguo y del nuevo Testamento lo prueban, los sentimientos y los ejemplos de los santos lo confirman, la razón y la experiencia lo enseñan y demuestran; los mismos demonios y sus secuaces, impelidos por la fuerza de la verdad, se han visto con frecuencia obligados a confesarlo a pesar suyo. De todos los pasajes de los Santos Padres y de los Doctores de que he hecho vasta colección para probar esta verdad, sólo citaré uno, para no ser demasiado extenso: Seros devoto, oh Santísima Virgen, dice San Juan Damasceno, es una arma de salvación que Dios da a los que quiere salvar.

42. Y podría citar aquí varias historias que probarían lo mismo, entre otras: la que se refiere en las Crónicas de San Francisco, de cuando vio en éxtasis una gran escalera que llegaba al cielo, al fin de la cual estaba la Santísima Virgen y por la cual se le indicó que era preciso subir para llegar al cielo; y la que se refiere en las crónicas de Santo Domingo, cuando quince mil demonios apoderados del alma de un desgraciado hereje, cerca de Carcasona, en donde este Santo predicaba el Rosario, se vieron obligados, por el mandato que les hizo la Santísima Virgen, a confesar muchas verdades grandes y consoladoras referentes al amor hacia la Reina del cielo, con tanta fuerza y claridad, que no puede leerse esta historia auténtica y el panegírico que el diablo hizo a pesar suyo de esta devoción, sin derramar lágrimas de alegría por poco devoto que uno sea de la Santísima Virgen.

43. Si la devoción a María es necesaria a todos los hombres, simplemente para alcanzar la salvación, es aún más necesaria a los que son llamados a una perfección particular, y no creo que una persona pueda adquirir una unión íntima con Nuestro Señor y una fidelidad perfecta al Espíritu Santo, sin una unión grandísima con la Santísima Virgen y una gran dependencia de su socorro.

44. Sólo María ha encontrado gracia ante Dios sin auxilio de ninguna otra pura criatura. Sólo por Ella han obtenido gracia ante Dios cuantos la han alcanzado, y solamente por Ella la conseguirán cuantos en adelante la logren. Estaba llena de gracia cuando la saludó el arcángel Gabriel, y fue superabundantemente inundada de gracia por el Espíritu Santo cuando su sombra inefable la cubrió; y ha aumentado de tal modo de día en día y de momento en momento esta doble plenitud, que ha llegado a un grado de gracia inmensa e inconcebible, de manera que el Altísimo la ha hecho tesorera única de sus tesoros y la única dispensadora de sus gracias, para ennoblecer, elevar y enriquecer a quien Ella quiera en el estrecho camino del cielo; para hacer pasar, a pesar de todo, a quien Ella quiera por la angosta puerta de la vida, y para dar el trono, el cetro y la corona de rey a quien Ella quiera. Jesús es en todas partes y siempre el fruto y el Hijo de María, y María es en todas partes el árbol verdadero del fruto de la vida y la verdadera Madre que lo produce.

45. Solamente a María ha dado Dios las llaves de los tesoros del divino amor, y el poder de entrar en los caminos más sublimes y más secretos de la perfección, y de hacer entrar a otros en ellos. Sólo María proporciona la entrada en el paraíso terrestre a los desgraciados hijos de la infiel Eva para pasearse en ese paraíso agradablemente con Dios, abrigarse seguramente en él contra toda clase de enemigos, para alimentarse deliciosamente sin temer más a la muerte, del fruto de los árboles de la vida y de la ciencia, y para beber a torrentes las aguas celestiales de la hermosa fuente que allí abundantemente rebosa.
Ella es en sí misma ese paraíso terrestre o esa tierra virgen y bendita de que han sido expulsados los pecadores Adán y Eva. Ella no da entrada en el paraíso de su corazón más que a los que Ella quiere que se hagan santos.

46. Todos los ricos del pueblo, para servirme de la expresión del Espíritu Santo según la explica San Bernardo, todos los ricos del pueblo os rogarán de siglo en siglo y estarán pendientes de vuestro rostro, y particularmente al fin del mundo; es decir, que los Santos más grandes, las almas más ricas en gracias y virtudes serán los más asiduos en ser devotos de la Santísima Virgen y en tenerla siempre presente, como su perfecto modelo para imitarla, y como su poderosa ayuda para implorar su auxilio.

47. He dicho que eso sucederá especialmente al fin del mundo, y bien pronto, porque el Altísimo con su Santísima Madre deben suscitar grandes santos que excederán tanto más en santidad a la mayor parte de los demás Santos, cuanto sobresalen los cedros del Líbano entre los arbustos, como le ha sido revelado a una alma santa cuya vida ha sido escrita por un gran servidor de Dios, M. de Renty.

48. Estas grandes almas, llenas de gracia y de celo, serán escogidas para oponerse a los enemigos de Dios, que bramarán por todas partes, y serán especialmente devotas de la Santísima Virgen, esclarecidas por su luz, alimentadas con su leche, conducidas por su espíritu, sostenidas por su brazo y guardadas bajo su protección de tal modo, que combatirán con una mano y edificarán con la otra.
Combatirán con una mano, derribarán, aplastarán a los herejes con sus herejías, a los cismáticos con sus cismas, a los idólatras con sus idolatrías y a los pecadores con sus impiedades, y con la otra mano edificarán el templo del verdadero Salomón y la mística ciudad de Dios, es decir, honrarán a la Santísima Virgen, llamada por los Santos Padres el templo de Salomón y la ciudad de Dios. En fuerza de sus palabras y de su ejemplo, conducirán a todo el mundo a su verdadera devoción, lo cual les granjeará muchos enemigos, pero también muchas victorias a ellos y mucha gloria para sólo Dios. Esto le fue revelado a San Vicente Ferrer, como él mismo lo consignó claramente en una de sus obras.
El mismo Espíritu Santo parece haber predicho esta verdad en el salmo LVIII, con estas palabras: Y sabrán que el Señor reinará en Jacob y sobre toda la tierra; ellos se convertirán aunque tarde, sufriendo el hambre, como perros famélicos, y acudirán alrededor de la ciudad para encontrar qué comer.
Esta ciudad que los hombres encontrarán al fin del mundo para convertirse y para saciar el hambre de justicia que tendrán, es la Santísima Virgen, llamada por el Espíritu Santo casa y ciudad de Dios.

49. Por María comenzó la salvación del mundo, y por María debe consumarse; María no se manifestó casi en el primer advenimiento de Jesucristo, a fin de que los hombres, aún poco instruidos e ilustrados acerca de la persona de su Hijo, no se separasen de El, adhiriéndose demasiado fuerte y groseramente a Ella, lo que aparentemente hubiera sucedido si María hubiese sido conocida, a causa de los admirables encantos que el Altísimo había puesto incluso en su exterior, lo cual es tan cierto, que San Dionisio Aeropagita nos ha dejado escrito que, cuando la vio, la hubiera tomado por una divinidad por sus secretos atractivos y su incomparable belleza, si la fe, en que estaba bien fundado, no le hubiese enseñado lo contrario. Pero en el segundo advenimiento de Jesucristo, María debe ser conocida y revelada por el Espíritu Santo a fin de hacer por Ella que sea conocido, amado y servido Jesucristo. Las razones que movieron al Espíritu Santo a ocultar a su Esposa durante su vida, y a no manifestarla sino muy poco después de la predicación del Evangelio, no subsisten ya.

50. Dios quiere, pues, descubrir y manifestar a María como la más perfecta obra de sus manos, en estos últimos tiempos:
1.º Porque Ella se ha escondido en este mundo y colocádose más bajo que el polvo por su profunda humildad, habiendo alcanzado de Dios, de sus Apóstoles y de sus Evangelistas el no ser suficientemente conocida.
2.º Porque siendo la más perfecta obra de Dios, tanto acá abajo por la gracia, como en el cielo por la gloria, quiere el mismo Dios que sea glorificada y ensalzada en la tierra por los hombres.
3.º Como es la aurora que precede y descubre al Sol de justicia que es Jesucristo, debe ser reconocida y manifestada, a fin de que lo sea su divino Hijo.
4.º Siendo el camino por donde primera vez vino Jesucristo a nosotros, lo será también cuando venga por segunda vez, aunque no del mismo modo.
5.º Siendo el medio seguro y el camino recto e inmaculado para ir a Jesucristo y hallarlo perfectamente, por Ella deben buscarle las almas que deban resplandecer en santidad. Quien halle a María, alcanzará la vida, es decir, a Jesucristo, que es el camino, la verdad y la vida, mas no es posible encontrar a María si no se la busca; no se la puede buscar si no se la conoce, porque no se busca ni se desea un objeto desconocido; es menester, pues, que María sea más conocida que nunca para mayor conocimiento y gloria de la Santísima Trinidad.
6.º María debe resplandecer más que nunca en misericordia, en poder y en gracia, en estos últimos tiempos; en misericordia, para reducir y acoger amorosamente a los pobres pecadores y extraviados, que se convertirán y volverán a la Iglesia Católica; en poder, contra los enemigos de Dios, los idólatras, cismáticos, mahometanos, judíos e incrédulos endurecidos, quienes se revolverán terriblemente para seducir y hacer caer por promesas y amenazas a todos los que sean contrarios, y, finalmente, debe resplandecer en gracia, para animar y sostener a los soldados valientes y fieles servidores de Jesucristo, que combatirán por sus intereses.
7.º María, en fin, debe ser terrible al demonio y a sus secuaces como un ejército ordenado en batalla, principalmente en estas últimas edades; porque sabiendo Satanás que le queda poco tiempo, y menos que nunca, para perder almas, redoblará diariamente sus esfuerzos y sus combates; suscitará inmediatamente nuevas persecuciones, y tenderá terribles emboscadas a los servidores fieles y a los verdaderos hijos de María, a quienes vence más difícilmente que a los demás.

51. De estas últimas y crueles persecuciones del demonio, que se aumentarán diariamente hasta el reino del Anticristo, debe principalmente entenderse aquella primera y célebre predicción y maldición de Dios, lanzada contra la serpiente en el paraíso terrestre, que aquí es oportuno explicar para gloria de la Santísima Virgen, salvación de sus hijos y confusión de Satanás.
Enemistades pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje; ella quebrantará tu cabeza, y tú pondrás asechanzas a su calcañar (Gen. 3,14).

52. Dios no ha hecho más que una enemistad, pero ésta es irreconciliable; durará y crecerá hasta el fin del mundo, y es entre María su Santísima Madre, y el demonio; entre los hijos y servidores de la Virgen, y los hijos y súbditos de Lucifer; de modo que el más terrible de los enemigos de Satán que Dios ha suscitado es María, su Santísima Madre, a la que dio, desde el mismo paraíso terrestre, aunque todavía no estuviese más que en su idea, tanto aborrecimiento a este maldito enemigo de Dios, tanto arte para descubrir la malicia de esta antigua serpiente, tanta fuerza para vencer, abatir y aplastar a este orgulloso monstruo, que la teme más que a todos los ángeles y a todos los hombres, y en cierto sentido más que al mismo Dios.
No es que la ira, el odio y el poder de Dios no sean infinitamente mayores que los de la Santísima Virgen, toda vez que las perfecciones de María son limitadas, sino porque: 1.º, siendo Satanás muy orgulloso, sufre infinitamente más al ser vencido y castigado por una pequeña y humilde esclava de Dios, y su humildad le humilla más que el poder divino; 2.º, porque Dios ha dado a María tan gran poder contra los demonios, que tienen más miedo (como se han visto ellos mismos obligados frecuentemente a confesarlo, a pesar suyo, por boca de los poseídos por ellos) a uno solo de los suspiros de María en favor de cualquier alma, que a las oraciones de todos los Santos, y temen más a una sola de sus amenazas contra ellos, que a todos los demás tormentos.

53. Lo que Lucifer perdió por el orgullo, María lo ha ganado por humildad; lo que Eva hizo digno de condenación y perdición por desobediencia, María lo ha salvado por la obediencia. Eva, obedeciendo a la serpiente, perdió consigo a todos sus hijos y los entregó a Satanás; María, siendo perfectamente fiel a Dios, ha salvado a todos sus hijos y servidores con Ella y los ha consagrado a la Majestad divina.

54. Dios no puso solamente una enemistad, sino que puso enemistades entre María y Lucifer, y no sólo las puso entre María y Lucifer, sino entre la raza de la Virgen y la raza del demonio; es decir, Dios ha formado enemistades, antipatías y odios secretos entre los verdaderos hijos y siervos de María y los hijos y esclavos del diablo, de modo que no se aman ellos nada unos a otros, ni tienen correspondencia interior entre sí.
Los hijos de Belial, los esclavos de Satanás, los amigos del mundo (que es la misma cosa) han perseguido siempre y perseguirán ahora más que nunca a los que pertenezcan a la Santísima Virgen, como en otro tiempo persiguió Caín a su hermano Abel, y Esaú a su hermano Jacob, que son las figuras de los réprobos y los predestinados; pero la humilde María alcanzará siempre victoria sobre el orgulloso Satanás, y será ésta tan grande, que llegará a aplastarle la cabeza, en que reside su orgullo; María descubrirá siempre la malicia de la infernal serpiente y sus tramas infernales; desvanecerá sus diabólicos consejos y librará a sus fieles servidores, hasta el fin de los tiempos, de sus crueles garras.
Empero, el poder de María sobre todos los demonios, resplandecerá particularmente en los últimos tiempos en que Satanás pondrá asechanzas a su calcañar, es decir, a los humildes esclavos y a los pobres hijos que María suscitará para hacer guerra al infierno.
Pequeños y pobres serán los hijos de la Virgen según el mundo, y abatidos, hollados y oprimidos como el calcañar lo está respecto de los demás miembros del cuerpo; pero en cambio, serán ricos en gracia de Dios, que María les distribuirá abundantemente; grandes y realzados en santidad delante de Dios, superiores a toda criatura por su celo fervoroso, y tan perfectamente asistidos del divino socorro, que con la humildad de su pie, en unión de María, aplastarán la cabeza de la serpiente infernal y harán que Jesucristo triunfe.

55. En fin, Dios quiere que su Santísima Madre sea ahora más conocida, más amada, más honrada que lo ha sido jamás. Y será así sin duda si los predestinados entran en la gracia y en la luz del Espíritu Santo, en la práctica interior y perfecta que yo les manifestaré luego; entonces verán con aquella claridad compatible con la fe esta hermosa estrella de la mar, y llegarán a buen puerto a pesar de las tempestades y de los piratas que los persigan; conocerán las grandezas de esta Virgen Soberana y se consagrarán completamente a su servicio como súbditos suyos y esclavos de su amor; saborearán sus dulzuras y sus bondades maternales, y la amarán con la ternura de hijos muy amados; conocerán las misericordias de que está llena María y las necesidades para las que han menester su socorro, y recurrirán a Ella en todo como a la mejor abogada y mediadora para con Jesucristo; sabrán que María es el medio más seguro, más fácil, más corto y el más perfecto camino para ir a Jesucristo, y se entregarán a Ella en cuerpo y alma, sin partición, para ser suya del mismo modo que de Jesucristo.

56. Pero ¿a qué se podrá comparar a estos servidores, esclavos e hijos de María? Serán como brasas encendidas en medio de los ministros del Señor y pondrán el fuego del amor divino en todas partes, y como flechas en mano poderosa, flechas agudas en la mano de la poderosa María para herir a los enemigos de Dios (Ps. 126,4).
Serán hijos de Leví, bien purificados por el fuego de grandes tribulaciones, y bien unidos a Dios, que llevarán el oro del amor en el corazón, el incienso de la oración en el espíritu, y la mirra de la mortificación en el cuerpo, y que por todas partes serán el buen olor de Jesucristo para los pobres y para los pequeños, mientras que serán mensajeros de muerte para los grandes, para los ricos y para los orgullosos del mundo (Malaq. 3,3; 2 Cor. 2,15-16).

57. Serán nubes aterradoras y ligeras que volarán por los aires al menor soplo del Espíritu Santo, y sin adherirse a nadie, ni espantarse de nadie, ni apenarse por nada, esparcirán la lluvia de la palabra de Dios y de la vida eterna; tronarán contra el pecado, bramarán contra el mundo, y ministros fieles de Dios, vencerán al diablo y a sus súbditos, y herirán de parte a parte, para la vida o para la muerte, con la espada de dos filos de la palabra de Dios a todos aquellos a quien sean enviados de parte del Altísimo (Isai. 60,8; Eph. 6,17; Hebr. 4,12).

58. Serán verdaderos apóstoles de los últimos tiempos a quienes el Señor de las virtudes dará la palabra y la fuerza para obrar maravillas y ganar gloriosos despojos a sus enemigos; dormirán sin oro ni plata, y lo que es más, sin cuidado alguno ni miedo a nadie, y sin embargo, serán como las plateadas alas de la paloma para ir con la pura intención de la gloria de Dios y de la salvación de las almas a donde los llame el Espíritu Santo, y no dejarán tras sí donde hayan predicado más que el oro de la caridad, que es el cumplimiento de toda la ley.

59. En fin, sabemos que serán verdaderos discípulos de Jesucristo, que, marchando sobre las trazas de la pobreza, humildad, desprecio del mundo y caridad, enseñarán el camino derecho de Dios y de la verdad, según el Santo Evangelio, y no según las máximas del mundo, sin apenarse por nada, sin hacer acepción de personas, sin cuidarse de nadie, ni escuchar, ni temer a ningún mortal, por poderoso que sea.
Tendrán en sus labios la espada de doble filo de la palabra de Dios; llevarán sobre sus espaldas el estandarte ensangrentado de la Cruz, el Crucifijo en la mano derecha, el rosario en la izquierda, los nombres sagrados de Jesús y de María en el corazón y la modestia y mortificación de Jesucristo en toda su conducta. Ved los grandes hombres que vendrán; pero María estará allí por orden del Altísimo para extender su imperio sobre el de los impíos, idólatras y mahometanos. ¿Cuándo y cómo sucederá esto?… Dios sólo lo sabe: a nosotros sólo nos toca callar, orar, suspirar y esperar. Esperare confiadamente (Ps. 39,1).

Modo de discernir la verdadera devoción a la Santísima Virgen,
de la falsa y aparente

60. Habiendo expuesto hasta aquí algo acerca de la necesidad que tenemos de la devoción a la Santísima Virgen, menester es ahora decir en qué consiste esta devoción. Pero antes conviene consignar algunas verdades fundamentales que ilustrarán más y más cuanto conviene saber acerca de esta materia.

PRIMERA VERDAD

61. Jesucristo Nuestro Señor, verdadero Dios y verdadero hombre, debe ser el fin último de nuestras devociones; a no ser así, serían falsas y engañosas. Jesucristo es el alfa y el omega, el comienzo y fin de todas las cosas (Apoc. 1,8; 21,6; 22,13).
No trabajamos, como dice el Apóstol, más que por hacer perfecto a todo hombre en Jesucristo (Col. 2,9), porque sólo en El reside toda plenitud de la Divinidad y todas las demás plenitudes de gracia, de virtudes y de perfecciones; porque sólo en El estamos bendecidos con toda bendición espiritual; porque El es el único Maestro que debe enseñarnos, es nuestro único Señor de quien debemos depender, nuestro único Jefe a quien debemos pertenecer, nuestro único Modelo a que debemos conformarnos, nuestro único Médico que nos debe sanar, nuestro único Pastor que debe alimentarnos, nuestro único Camino por donde debemos andar, nuestra única Verdad que debemos creer, nuestra única Vida que debe vivificarnos, y nuestro único Todo en todas las cosas que debe bastarnos (Eph. 1,3; Mt. 23,10; Jn. 14,6).
No se ha pronunciado bajo el cielo otro nombre que el de Jesús por el cual debamos ser salvos (Act. 4,12). Dios no ha puesto otro fundamento de nuestra salvación, de nuestra perfección y de nuestra gloria, más que a Jesucristo; todo edificio que no está construido sobre esta piedra firme, está levantado sobre movediza arena, y más o menos tarde caerá infaliblemente. Todo fiel que no esté unido a El, como el sarmiento a la vid, caerá, se secará y no servirá más que para el fuego (Jn. 15,5-6). Si estamos en Jesucristo, y Jesucristo está en nosotros, no hemos de abrigar temor alguno de condenación; ni los ángeles de los cielos, ni los hombres de la tierra, ni los demonios de los infiernos, ni otra criatura alguna nos puede dañar, porque nadie nos puede separar, si no queremos, de la caridad de Jesucristo (Rom. 8,38); con Jesucristo y en Jesucristo lo podemos todo: podemos dar toda honra y gloria al Padre en unidad del Espíritu Santo, hacernos perfectos y ser para el prójimo buen olor de vida eterna.

62. Si, pues, nos entregamos a la hermosa devoción hacia la Virgen Santísima, es sólo para establecer más perfectamente el amor de Jesucristo, y de hallar un medio fácil y seguro de hallar a Jesucristo. Si la devoción a la Santísima Virgen separase de su Hijo, sería preciso desecharla como una ilusión del demonio; pero precisamente hemos menester de María para lo contrario, como ya lo he demostrado, y aún demostraré más adelante, pues esta devoción nos es necesaria para hallar a Jesucristo perfectamente, para amarle tiernamente y para servirle fielmente.

63. Al llegar aquí, vuélvome un momento hacia Vos, oh amable Jesús, para quejarme amorosamente a Vuestra Majestad de que la mayor parte de los cristianos, aun los más instruidos, ignoran el enlace necesario que existe entre Vos y vuestra Santísima Madre. Vos estáis, Señor, siempre con María, y María siempre está con Vos y no puede estar sin Vos: de otro modo dejaría Ella de ser lo que es; de tal modo está Ella transformada en Vos por la gracia, que no vive, no existe, sino que sólo Vos, mi Jesús, vivís y reináis en Ella con más perfección que en todos los ángeles y bienaventurados. ¡Oh! si fuere conocida la gloria y el amor que recibisteis, Señor, en esta admirable criatura, se tendrían para con Vos y para con Ella sentimientos bien diferentes de los que se tienen. María os está tan íntimamente unida, que más fácil sería separar a la luz del sol, al calor del fuego; digo mal, más facil sería separar de Vos a todos los ángeles y santos, que a vuestra bienaventurada Madre; porque Ella os ama más ardientemente y os glorifica más perfectamente que todas vuestras criaturas juntas.

64. Después de esto, ¿no es, mi amable Dueño, una cosa sorprendente y lastimosa ver la ignorancia y tinieblas de todos los hombres acá abajo respecto de vuestra Santísima Madre? No hablo tanto de los idólatras y paganos, que no os conocen ni se cuidan de conoceros; no hablo de los herejes y cismáticos, que después de separarse de Vos y de vuestra Iglesia, no muestran empeño en ser devotos de la Virgen María: hablo de los católicos, y aun de los que entre católicos, haciendo profesión de enseñar a los demás las verdades de la fe, no os conocen, ni conocen a vuestra Madre, sino de una manera especulativa, seca, estéril e indiferente.
Doctores que no hablan sino rara vez de vuestra Madre y de la devoción que se le debe tener porque temen, así lo dicen ellos, que haya en ello abuso y se os haga injuria al honrar a vuestra Madre Santísima. Si ven u oyen a algún devoto de la Virgen hablar con frecuencia de la devoción a esta buena Madre de un modo tierno, firme y persuasivo, como de un medio exento de toda ilusión, de un camino corto y sin peligros, de una vía inmaculada y sin imperfección, y de un secreto maravilloso para hallaros y amaros perfectamente, claman contra él y dan mil falsas razones para probarle que no es menester que se hable tanto de la Virgen, que hay grandes abusos en esta devoción, y que es menester procurar destruirlos, y más bien hablar de Vos que conducir a los pueblos a la devoción a María, a quien ya aman suficientemente.
Se les oye alguna vez hablar de la devoción a vuestra Madre, no para establecerla y confirmarla, sino para destruir los abusos de ella, mientras carecen de piedad y de tierna devoción hacia Vos, porque no se la tienen a María. Miran el rosario, el escapulario y la corona como devociones propias de espíritu débiles e ignorantes, sin las cuales se puede uno salvar; si en sus manos cae algun devoto a la Virgen que recita su rosario, o tiene alguna práctica de devoción a María, procuran bien pronto trocar su espíritu y su corazón, y en lugar del rosario, le aconsejarán que recite los siete salmos; en lugar de la devoción a la Santísima Virgen, le aconsejarán la devoción a Jesucristo.
Amable Jesús, ¿tienen vuestro espíritu estas gentes? ¿Os es agradable ese modo de pensar? ¿Os agrada que no se haga esfuerzo alguno para agradar a vuestra Madre por temor de desagradaros? La devoción de vuestra Santa Madre, ¿es impedimento de la vuestra? ¿Se arroga Ella la honra que a Vos se os da? ¿Forma, acaso, Ella un bando aparte? ¿Es una persona extraña que nada tiene que ver con Vos? ¿Es desagradaros el querer agradarla? ¿Es separarse o alejarse de vuestro amor el entregarse a Ella para amarla?

65. Sin embargo, mi amable Maestro, la mayor parte de los sabios no se alejarían más de la devoción a vuestra Madre, y no mostrarían más indiferencia a Ella cuando todo lo que acabo de exponer fuera verdad. Guardadnos, Señor, guardadme de su sentimiento y de sus prácticas, y hacedme partícipe de los sentimientos de reconocimiento, de estimación, de respeto y de amor que tenéis para con vuestra Santísima Madre, a fin de que yo os ame y glorifique tanto y cuanto más os imite y de más cerca os siga.

66. Y como si nada hubiese aún dicho hasta aquí en honor de vuestra Madre, concededme la gracia de que pueda alabarla dignamente: Hazme digno de alabar a tu madre… Nadie que ofenda a su Santa Madre presuma que ha de recibir la misericordia de Dios.

67. Para alcanzar de vuestra misericordia una verdadera devoción a la Virgen Santísima y para inspirarla a toda la tierra, haced que os ame ardientemente, y a este fin aceptad el ruego que os dirijo en unión con San Agustín y vuestros verdaderos amigos:
«Vos sois ¡oh buen Jesús! el Cristo del Señor, mi Padre Santo, mi Dios lleno de misericordia, mi Rey infinitamente grande; Vos sois mi buen Pastor, mi único Maestro, mi más bondadoso ayudador, mi amado el más hermoso, mi pan de vida, mi Sacerdote eterno; Vos sois mi guía hacia la patria, mi verdadera luz, mi santísima dulzura, mi camino recto; Vos sois mi sabiduría, brillante por su resplandor, mi sencillez pura y sin mancha, mi paz y mi dulzura; Vos sois, en fin, toda mi custodia, mi preciosa herencia, mi salvación eterna.
¡Oh Jesucristo, amable Maestro! ¿por qué durante mi vida no he amado y deseado otra cosa sino a Vos? Jesús, Dios mío, ¿dónde estaba yo cuando no pensaba en Vos? ¡Ah! Al menos que a partir desde ahora mismo mi corazón no tenga deseos ni ardores más que para Jesús mi Señor; que no se dilate sino para amarle a El sólo. Deseos de mi alma, corred ya, os habéis demorado demasiado, apresuraos a llegar al fin a que aspiráis, buscad verdaderamente a Aquel que buscáis. ¡Oh Jesús, anatema a quien no os ame! ¡Que el que no os ame, se vea lleno de amarguras! ¡Oh dulce Jesús, sed el amor, las delicias y la admiración de todo corazón dignamente consagrado a vuestra gloria! ¡Dios de mi corazón y mi herencia, divino Jesús, que mi corazón caiga en santa flaqueza, y seáis Vos mi vida; que en mi alma se encienda un ardiente fuego de vuestro amor, y sea el principio de un incendio enteramente divino; que arda sin cesar en el altar de mi corazón, que abrase lo más íntimo de mi ser; que consuma el fondo de mi alma, que, en fin, en el día de mi muerte comparezca ante Vos todo consumido en vuestro santo Amor. Así sea.»

SEGUNDA VERDAD

68. Es preciso deducir, en vista de lo que Jesucristo es para nosotros, que nosotros no somos en manera alguna dueños de nosotros mismos, como dice el Apóstol, sino que somos completamente cosa suya, miembros suyos, esclavos que ha comprado infinitamente caros, a precio de toda su sangre. Antes del bautismo éramos del demonio, como sus esclavos; el baustismo nos ha hecho verdaderos siervos de Jesucristo, siervos que no debemos vivir, ni trabajar, ni morir más que para trabajar por este Dios-hombre, glorificarle en nuestro cuerpo y hacerle reinar en nuestra alma, porque somos su conquista, su pueblo adquirido y su herencia. Por lo cual, el Espíritu Santo nos compara: 1.º, a árboles plantados a la orilla de las aguas de la gracia, en el campo de la Iglesia, y que oportunamente deben dar su fruto; 2.º, a los sarmientos de una viña, en que Jesucristo es la vid que ha de dar buenos frutos; 3.º, a un rebaño cuyo pastor es Jesucristo, rebaño que debe multiplicarse y dar leche; 4.º, a una tierra fértil de la que Dios es el labrador, y cuya semilla se multiplica y produce treinta, sesenta, ciento por uno. Jesucristo lanzó su maldición a la higuera infructuosa y condenó al servidor inútil porque no hizo producir su talento (Ps. 1,3; Jn. 15,1; Jn. 10,11; Mt. 13,3; Mt. 21,19; Mt. 25,27).
Todo esto nos prueba que Jesucristo quiere recabar preciosos frutos de nuestras pobres personas, a saber: conseguir buenas obras, que pertenezcan a El únicamente. Creados en buenas obras en Jesucristo (Ephes. 2,10). Palabras que demuestran que Jesucristo es el único principio y debe ser el único fin de todas nuestras buenas acciones, y que debemos servirle, no solamente como servidores mercenarios, sino como esclavos de amor. Me explicaré más claramente.

69. Hay dos modos, acá abajo, de pertenecer a otro y depender de su autoridad; a saber: el simple servicio y la esclavitud, que es lo que constituye lo que llamamos un criado y un esclavo.
Por el servicio común entre los cristianos, un hombre se obliga a servir a otro durante cierto tiempo, mediante un estipendio o retribución.
Por la esclavitud depende un hombre de otro enteramente y por toda su vida, y debe el esclavo servir a su dueño sin opción a ninguna recompensa, como una de sus bestias sobre que tiene derecho de vida y muerte.

70. Hay tres clases de esclavitud: una esclavitud de naturaleza, otra de temor y otra voluntaria. Bajo el primer concepto, todas las criaturas son esclavas de Dios: Del Señor es la tierra y su plenitud (Ps. 23,1). Lo son bajo el segundo los demonios y los condenados; y bajo el tercero, los justos y los santos. La esclavitud voluntaria es la más gloriosa a Dios, que mira al corazón, que pide el corazón, y que se llama el Dios del corazón o de la voluntad amorosa, porque por esta esclavitud se elige a Dios y su servicio por encima de todo lo demás, aunque no estuviéramos naturalmente obligados a ello (Prov. 23,26; Ps. 72,26).

71. Hay una total diferencia entre un servidor y un esclavo:
Primero, en que un servidor no da todo lo que es, todo lo que posee y todo lo que puede adquirir por otro o por sí mismo, mientras que el esclavo se da todo en absoluto, con todo lo que posee y puede adquirir, sin excepción alguna. Segundo, en que el servidor exige retribución por los servicios que hace a su dueño, y el esclavo no puede exigir nada por asiduo, más industrioso y fuerte que sea para el trabajo. Tercero, el servidor puede abandonar a su amo cuando quiera, o al menos cuando expire el plazo de su servicio, y el esclavo no posee ese derecho. Cuarto, el dueño del servidor no tiene sobre él ningún derecho de vida y de muerte, de modo que si le matase como a una de sus bestias de carga, cometería un homicidio injusto; pero el dueño del esclavo tiene (o tenía, según las leyes antiguas) derecho de vida o muerte sobre él, de modo que puede venderle a quien quiera, o matarle, ni más ni menos que como podría hacerlo con su caballo. Quinto, en fin, el servidor no está más que temporalmente al servicio de su amo, y el esclavo para siempre jamás.

72. No hay nada entre los hombres que nos haga pertenecer más a otro que la esclavitud; no hay asimismo nada entre los cristianos que nos haga pertenecer tanto a Jesucristo y a su Santa Madre, como la esclavitud voluntaria, según el ejemplo del mismo Jesucristo, que tomó la forma de esclavo (Philip. 2,7) por nuestro amor, y el de la Santísima Virgen, que se llamó sierva y esclava del Señor. El Apóstol se llama por altísima honra Siervo de Cristo (Gal. 1,10). Los cristianos son llamados muchas veces en la Escritura Sagrada servi Christi; esta palabra servus, según lo advierte con mucha verdad un gran doctor, significaba antes esclavo, porque no se conocían servidores como los de ahora, siendo los amos servidos por esclavos o libertos; lo que el Catecismo del Santo Concilio de Trento, a fin de no dejar duda ninguna de que somos esclavos de Jesucristo, expresa con un término que no admite equivocación, llamándonos manclpia Christi; esclavos de Jesucristo.

73. Fundado en esto, digo que debemos pertenecer a Jesucristo y servirle, no sólo como servidores mercenarios, sino como esclavos de amor, que, por efecto de una gran caridad, se entregan a El y se empeñan a servirle en calidad de esclavos por sólo el honor de pertenecerle. Antes del bautismo éramos esclavos del demonio; el bautismo nos ha hecho esclavos de Jesucristo; es menester que los cristianos sean, o esclavos del demonio, o esclavos de Jesucristo.

74. Lo que digo en absoluto de Nuestro Señor, lo repito proporcionalmente de la Santísima Virgen. Habiéndola escogido Jesucristo para compañera inseparable de su vida, de su muerte, de su gloria y de su poder en el cielo y en la tierra, le ha dado por gracia, relativamente a su majestad, los mismos derechos y privilegios que El posee por naturaleza: Todo lo que conviene a Dios por naturaleza, conviene a María por gracia, dicen los Santos; de modo que, según ellos, no teniendo ambos más que la misma voluntad y el mismo poder, tienen los mismos súbditos, servidores y esclavos.

75. Se puede, pues, siguiendo el parecer de los Santos Padres y de los más grandes Doctores, llamarse y hacerse esclavo de la Santísima Virgen, a fin de ser de este modo más perfectamente esclavo de Jesucristo. La Virgen es el medio de que Nuestro Señor se ha valido para venir a nosotros; por lo mismo debe ser el medio de que nosotros debemos servirnos para ir a El. María no es como las demás criaturas, que si nos adherimos a ellas podrían más bien separarnos de Dios que aproximarnos a Dios: la inclinación más fuerte de María es unirnos a Jesucristo, su Hijo, y la inclinación más fuerte del Hijo es que se vaya a El por su Santísima Madre; y obrar así es honrarle y agradarle, como es honrar y agradar a un rey si para hacerse más perfectamente su súbdito y esclavo se hiciese uno súbdito y esclavo de la reina. Esta es la razón por la que los Santos Padres, y con ellos San Buenaventura, dicen que la Santa Virgen es el camino para ir a Nuestro Señor: El camino para llegar a Cristo es acercarse a Ella.

76. Además, si, como he dicho, la Santísima Virgen es la Reina y Soberana del cielo y de la tierra, he aquí que todo está sometido a la Virgen en el dominio de Dios; he aquí que todo se someta a Dios por el dominio de la Virgen. Si esto dicen San Anselmo, San Bernardo, San Bernardino y San Buenaventura, ¿no tiene Ella tantos súbditos y esclavos como criaturas hay? ¿Y no es razonable que entre tantos esclavos de temor los haya de amor, hombres que de todo corazón hayan elegido a María por Reina y Soberana en calidad de esclavos? ¿Pues qué? ¿los hombres y los demonios han de tener esclavos voluntarios, y no los ha de tener María? Tendrá un rey a grande honra que la reina, su compañera, tenga esclavos con derecho de vida y de muerte sobre ellos, porque la honra y el poder de él es la honra y el poder de ella; ¿y puede creerse que Nuestro Señor, que, como el mejor de todos los hijos, ha partido todo su poder con su Santísima Madre, encuentre mal que María tenga esclavos? ¿Cabe que tenga El menos respeto y amor para con su Madre, que Asuero le tenía para su Ester, y Salomón para Bethsabé? ¿Quién osará decirlo ni siquiera pensarlo?

77. Pero, ¿adonde me lleva la pluma? ¿Por qué detenerme en probar cosa tan visible? Si no se quisiera aplicar la frase de esclavo de la Virgen Santa ¿qué importa? Que lo sea y llámese esclavo de Jesucristo, pues eso será serlo de la Santa Virgen, toda vez que Jesús es el fruto y la gloria de María. Precisamente eso es lo que se hace por la devoción de que después hablaremos.

TERCERA VERDAD

78. Nuestras mejores acciones suelen comúnmente ser sucias y corrompidas por el mal fondo que hay en nosotros. Cuando se pone agua pura y limpia en una vasija que huele mal, o vino en una cuba cuyo interior está maleado por otro vino que en ella hubo, el agua clara y el buen vino se malean y toman fácilmente su mal olor. Asimismo, cuando Dios pone en nuestra alma, maleada por el pecado original y el actual, sus gracias y celestiales rocíos o el vino delicioso de su amor, sus dones son ordinariamente maleados y corrompidos por la mala levadura y el mal fondo que el pecado ha dejado en nosotros; nuestras acciones, aun las virtudes más sublimes, se resienten de eso. Es, por tanto, de la mayor importancia, a fin de alcanzar la perfección, que no se adquiere sino por la unión con Jesucristo, vaciarnos de lo malo que hay en nosotros; no siendo así, Nuestro Señor, que es infinitamente puro y detesta infinitamente la menor suciedad en el alma, nos rechazará de ante sus ojos y no se unirá a nosotros.

79. Para despojarnos de nosotros mismos, es menester:
1.º Conocer bien, por las luces del Espíritu Santo, nuestro mal fondo, nuestra incapacidad para todo bien útil a nuestra salvación, nuestra debilidad en todo, nuestra inconstancia siempre, nuestra indignidad para toda gracia y nuestra iniquidad en todas partes. El pecado de nuestro primer padre nos ha maleado, agriado, fermentado y corrompido, como la levadura agría, fermenta y corrompe la maga en que se pone. Los pecados que actualmente cometemos, sean mortales o veniales, por más que estén perdonados, han aumentado nuestra concupiscencia, nuestra debilidad, nuestra inconstancia y nuestra corrupción, y han dejado en nuestra alma malas reliquias. Nuestros cuerpos están tan corrompidos, que el Espíritu Santo los llama cuerpos de pecado, concebidos en el pecado, alimentados del pecado, capaces de todo pecado; cuerpos sujetos a mil y mil enfermedades, que diariamente se corrompen y no engendran más que miseria y corrupción.
Nuestra alma, unida a nuestro cuerpo, ha llegado a ser tan carnal, que se la ha llamado carne: toda carne ha corrompido su camino (Gen. 6,12). -No tenemos por herencia más que orgullo y ceguera en el espíritu, endurecimiento en el corazón, debilidad e inconstancia en el alma, la concupiscencia, las pasiones rebeldes y las enfermedades en el cuerpo. Somos naturalmente más orgullosos que los pavos reales, más adheridos a la tierra que los reptiles, más envidiosos que las serpientes, más glotones que los animales inmundos, más coléricos que los tigres, más perezosos que las tortugas, más débiles que las cañas, más inconstantes que las nubes. No tenemos en nuestro fondo más que la nada y el pecado, y no merecemos de Dios más que su ira y el infierno eterno.

80. Después de esto, ¿debemos sorprendernos de que Nuestro Señor haya dicho que el que quiera seguirle debe renunciarse a sí mismo, y aborrecer su alma; que aquel que ame su alma, la perderá, y que el que la aborrezca, la salvará? (Jn. 12,25). Esta sabiduría infinita, que no establece mandamientos sin razón, no nos ordena aborrecernos sino porque somos dignos en alto grado de aborrecimiento; nada tan digno de amor como Dios, nada tan digno de aborrecimiento como nosotros mismos.

81. 2.º Para vaciarnos de nosotros mismos es menester morir a nosotros mismos todos los días; es decir, es menester renunciar a las operaciones de las facultades de nuestra alma y de los sentimientos de nuestro cuerpo; es menester ver como si no se viese, oír como si no se oyese, servirse de las cosas de este mundo como si no se sirviese uno de ellas, lo cual llama San Pablo morir todos los días: Quotidie morior (1 Cor. 15,31). Si al caer el grano de trigo en la tierra no muere, permanece solo y no produce fruto bueno (Jn. 12,24). Si no morimos a nosotros mismos y si nuestras devociones más santas no nos conducen a esta muerte necesaria y fecunda, no produciremos fruto alguno, y serán inútiles nuestras devociones; todos nuestros actos de justicia estarán mancillados por el amor propio y la propia voluntad, lo que hará que Dios tenga por abominación los mayores sacrificios y las mejores acciones que podamos ejecutar, y a nuestra muerte nos hallaremos con las manos vacías de virtudes y de méritos, y no tendremos una centella del amor puro que sólo se comunica a las almas muertas a sí mismas, cuya vida se esconde con Jesucristo en Dios.

82. 3.º Es menester escoger entre todas las devociones a la Santísima Virgen, la que más nos lleve a esta muerte propia, como que es la mejor y más santificante, porque ni es oro todo lo que reluce, ni miel todo lo dulce, ni lo más factible y practicado por la mayoría es lo más perfecto.
Como en el orden de la naturaleza hay operaciones que se hacen a poca costa y con facilidad, asimismo en el de la gracia hay secretos que se ejecutan en poco tiempo, con dulzura y facilidad, operaciones sobrenaturales y divinas que consisten en vaciarse de sí mismo y llenarse de Dios, y lograr así la perfección.
La práctica que quiero enseñar es uno de los secretos de la gracia, desconocido de la mayor parte de los cristianos, conocido por pocos devotos, practicado y gustado por menos. Para comenzar a descubrir esta práctica, he aquí una cuarta verdad que es consecuencia de la tercera.

CUARTA VERDAD

83. Lo más perfecto, porque es lo más humilde, es no acercarnos a Dios por nosotros mismos, sin tomar un mediador. Estando tan corrompida nuestra naturaleza, como acabo de demostrar, si nos apoyamos en nuestros trabajos, industrias y preparaciones para llegar a Dios y agradarle, ciertamente serán impuros todos nuestros actos de justicia, o de poco peso delante de Dios para empeñarle a que se una a nosotros y nos escuche. Por esto no sin razón nos ha dado Dios mediadores para con Su Majestad; ha visto nuestra indignidad e incapacidad y ha tenido piedad de nosotros, y para proporcionarnos medios de que alcancemos sus misericordias, nos ha provisto de intercesores poderosos cerca de su grandeza; de modo que despreciar estos mediadores y aproximarse a Su Majestad directamente sin ninguna recomendación, es faltar a la humildad, es faltar al respeto debido a un Dios tan alto y tan santo, es hacer menos caso de este Rey de los reyes que se haría de un rey o príncipe de la tierra, a quien nos guardaríamos de acercarnos sin acompañarnos de algún amigo que hablase por nosotros.

84. Jesucristo Nuestro Señor es nuestro abogado y nuestro mediador cerca de Dios Padre; por medio de El debemos orar con toda la Iglesia triunfante y militante; por El tenemos acceso cerca de Su Divina Majestad, y no debemos comparecer jamás delante de El sin ir apoyados y revestidos de sus méritos, como el joven Jacob con las pieles de cabrito delante de su padre Isaac para recibir su bendición.

85. Mas ¿no hemos menester de un mediador para con el mismo Mediador? ¿Es bastante grande nuestra pureza para unirnos directamente a El y por nosotros mismos? ¿No es Dios igual en todo a su Padre, y, por consiguiente, el Santo de los Santos, tan digno de respeto como su Padre? Si por su caridad infinita se ha hecho nuestro Fiador y Mediador cerca de Dios su Padre, para aplacarle y pagarle lo que nosotros le debemos, ¿debemos por esto tener menos respeto y temor hacia Su Majestad y Santidad?
Digamos, pues, valientemente con San Bernardo, que necesitamos de un mediador para con el Mediador mismo, y que la divina María es la más capaz de desempeñar este oficio de caridad; por medio de Ella vino Jesucristo a la tierra y por Ella debemos ir a su divino Hijo. Si tememos ir directamente a Jesucristo nuestro Dios por temor de su infinita grandeza o por nuestra bajeza y por nuestros pecados, imploremos confiadamente la ayuda e intercesión de María nuestra Madre; Ella es buena, es tierna Madre; nada hay en Ella de austero ni terrible, nada que no deba movernos a la esperanza y al amor. Al verla, vemos nuestra propia naturaleza. No es el sol que por la vivacidad de sus rayos podría deslumbrarnos a causa de nuestra debilidad, sino que es bella y dulce como la luna, que recibe su luz del sol, y la templa para hacerla conforme a la debilidad de nuestros ojos. María es tan caritativa, que no rechaza a ninguno de los que demandan su intercesión por más pecadores que sean, porque, como dicen los Santos, no se ha oído decir, desde que el mundo es mundo, que haya sido desechado nadie que haya recurrido a la Virgen con confianza y perseverancia. Es tan poderosa, que jamás ha sido desairada en sus peticiones; no necesita más que presentarse a su Hijo en demanda de algo para que El la reciba y le otorgue lo pedido, pues siempre es amorosamente vencido por las entrañas e instancias de su amadísima Madre.

86. Todo esto está sacado de San Bernardo y de San Buenaventura; de modo que, según estos Santos Doctores, tenemos tres grados que subir para llegar a Dios: el primero, el más próximo y el más conforme a nuestra capacidad, es María; el segundo es Jesucristo, y el tercero es el Eterno Padre. Para llegar a Jesús es preciso ir a María, que es nuestra Mediadora de intercesión; para ir al Padre Eterno es menester ir a Jesús, que es nuestro Mediador de redención. Este es el orden, pues, que perfectamente se observa en la devoción que más adelante indicaré.

QUINTA VERDAD

87. Es muy difícil, atendida nuestra flaqueza y fragilidad, que conservemos las gracias y tesoros que hemos recibido de Dios. 1.º Porque tenemos ese tesoro que vale más que el cielo y la tierra, en vasos frágiles (2 Cor. 4,7); en cuerpo corruptible, en una alma débil e inconstante que una nada turba y abate.

88. 2.º Porque los demonios, que son los ladrones finos, procuran sorprendernos de un modo imprevisto para robarnos y despojarnos; acechan día y noche el momento favorable; para esto nos rodean incesantemente a fin de devorarnos y arrebatarnos en un momento, por un pecado mortal, todo lo que en gracias y méritos hemos podido ganar en muchos años.
Su malicia, su experiencia, sus astucias y la muchedumbre de demonios, deben hacernos siempre temer esta desgracia, sabiendo como sabemos que personas más llenas de gracias, más ricas en virtudes, más fundadas en experiencia y más elevadas en santidad, han sido sorprendidas, robadas y despojadas desgraciadamente.
¡Ah! ¡Cuantos cedros del Líbano y estrellas del firmamento se han visto caer miserablemente y perder toda su alteza y claridad en poco tiempo! ¿De qué ha procedido este extraño cambio? No fue falta de gracia, que a nadie falta, sino que fue falta de humildad. Se han juzgado más fuertes y más poderosos de lo que eran, más capaces de guardar sus tesoros; se han fiado y apoyado en sí mismos, han creído bastante segura su casa y bastante fuertes sus cofres para guardar el precioso tesoro de la gracia, y a consecuencia de esta confianza insensata que en sí tenían, aunque les pareciera que se apoyaban sobre la gracia de Dios únicamente, el Señor justamente ha permitido que hayan sido robados, abandonándolos a sí mismos.
¡Ay! Si hubiesen conocido la admirable devoción a María, hubieran confiado su tesoro a la Virgen poderosa y fiel, que se lo hubiera guardado como su bien propio, haciéndolo como un deber de justicia.

89. 3.º Es difícil perseverar en la gracia a causa de la extraña corrupción del mundo. El mundo está ahora tan corrompido, que apenas se escapan los corazones fervorosos de quedar mancillados, sino por el lodo, al menos por el polvo del vicio, de modo que es una especie de milagro que una persona permanezca firme en medio de ese torrente impetuoso del mal sin ser por él arrastrada, en medio de este mar tempestuoso sin ser sumergida, o cogida por los piratas y corsarios, y en medio de este aire pestífero sin contagiarse. Y la Virgen, la única criatura fiel en que la serpiente no haya tenido parte, es quien hace este milagro para con los que la sirven como buenos y devotos hijos.

90. Establecidas estas cinco verdades, aún es menester hacer más que nunca una buena elección de la verdadera devoción a la Santísima Virgen; porque las hay falsas, y es muy fácil caer tomándolas como verdaderas. El demonio, como un monedero falso y engañador fino y práctico, ha ilusionado tantas almas por medio de una falsa devoción aun para con la Santísima Virgen, que diariamente se sirve de su experiencia diabólica para engañar a otras, durmiéndolas en el pecado so pretexto de algunas oraciones mal dichas y de algunas prácticas exteriores que les inspira. Así como un falso acuñador de moneda no falsifica generalmente más que el oro y la plata, y rara vez los demás metales porque no valen la pena, del mismo modo el espíritu maligno no falsea más que la devoción a Nuestro Señor y a María, porque éstas son, entre las demás devociones, lo que el oro y la plata son respecto de los demás metales.

91. Es, pues, importante conocer desde luego: primero, las falsas devociones a la Virgen Santísima para evitarlas; segundo, la verdadera para abrazarla. En seguida, entre tantas prácticas diferentes, explicaré más por menor en la segunda parte de este escrito, cual es la más perfecta, la más agradable a María, la más gloriosa a Dios y la más propia para nuestra santificación, a fin de que nos aficionemos a ella.

De las falsas devociones a la Santísima Virgen

92. Siete son las clases que encuentro de falsos devotos y falsas devociones a la Santísima Virgen: 1.º, los devotos críticos; 2.º, los devotos escrupulosos; 3.º, los devotos exteriores; 4.º, los devotos presuntuosos; 5.º, los devotos inconstantes; 6.º, los devotos hipócritas; 7.º, los devotos interesados.

93. Los devotos críticos son ordinariamente esos sabios orgullosos, espíritus fuertes y jactanciosos que en el fondo tienen alguna, aunque muy poca, devoción a la Santísima Virgen, pero que critican casi todas las prácticas de piedad que las gentes sencillas tributan sincera y piadosamente a esta buena Madre, tan sólo porque no se acomodan a su orgullo. Ponen en duda todos los milagros e historias referidas por autores dignos de fe, o sacadas de las crónicas de las Ordenes religiosas, historias que atestiguan la misericordia y el poder de la Santísima Virgen; contemplan con cierta compasión a las gentes sencillas y humildes que, arrodilladas delante de un altar o de una imagen de la Virgen, y aun alguna vez en medio de una calle, ruegan a Dios y a su Madre Santísima, y las acusan de idolatría como si adorasen la madera o la piedra; en cuanto a sí mismos, dicen que no gustan de estas devociones, ni son tan pobres de espíritu que presten fe a tantos cuentos e historias como se divulgan acerca de la Santísima Virgen.
Cuando se recuerdan las admirables alabanzas que los Santos Padres tributan a María, responden que al hacerlas, o hablaban como oradores con exageración, o que se da a sus palabras una falsa interpretación. Esta clase de falsos devotos y gentes orgullosas y mundanas son muy temibles, porque hacen un daño inapreciable a la devoción de la Santísima Virgen y separan de Ella a los pueblos de una manera deplorable, so pretexto de destruir los abusos.

94. Los devotos escrupulosos son aquellos que temen deshonrar al Hijo honrando a la Madre, rebajando a Aquél al elevar a Esta. No pueden sufrir que se den a la Santísima Virgen las justas alabanzas que le han tributado los Santos Padres; no pueden tolerar sino con pena que haya más gente delante de un altar de María que ante el Santísimo Sacramento, como si lo uno fuese contrario a lo otro, o como si los que oran a María no rogasen a Jesucristo por medio de Ella. No quieren que se hable tanto de esta augusta Soberana, ni que los fieles se dirijan a Ella con tanta frecuencia.
He aquí algunas perversas sentencias que les son comunes: ¿Qué aprovechan tantos rosarios, tantas congregaciones y devociones exteriores a la Virgen? ¡Cuánta ignorancia hay en esto! ¡Eso es convertir nuestra Religión en una mojiganga! Habladme de los que son devotos de Jesucristo. Ese es el camino seguro. Es menester recurrir a Jesucristo, El es nuestro único mediador; es menester predicar a Jesucristo, esto es lo sólido de la devoción.
Lo que dicen es verdad en cierto sentido, pero por la aplicación que de ello hacen, a fin de impedir la devoción a la Santísima Virgen, llega a ser muy peligroso y lazo sutil del maligno espíritu, so pretexto de un bien mayor, porque jamás se honra más a Jesucristo que cuando más se honra a su Santísima Madre, toda vez que no se honra a María sino con el objeto de honrar más perfectamente a Jesucristo, y no se va a Ella más que como medio o camino para encontrar el fin a que se aspira, que es Jesucristo Nuestro Señor.

95. La Iglesia, como el Espíritu Santo, bendice a la Virgen primero, y a Jesucristo después: Benedicta tu in mulieribus, et benedictus fructus ventris tui, Jesus. No quiere esto decir que la Santísima Virgen sea más que Jesucristo o igual a El, lo cual sería una herejía intolerable, sino que para bendecir más perfectamente a Jesucristo, es menester bendecir antes a María. Digamos, pues, con todos los verdaderos devotos de la Santísima Virgen contra esos falsos devotos escrupulosos: ¡Oh María! bendita sois entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre, Jesús.

96. Los devotos exteriores son las personas que cifran toda su piedad para con María en prácticas externas; que no gustan más que de la exterioridad de la devoción a la Santísima Virgen, porque carecen de espíritu interior; que rezarán muchos rosarios, pero siempre a toda prisa; oirán muchas Misas, pero sin atención; asistirán a las procesiones, pero sin devoción; entrarán en todas las Cofradías, pero sin enmendar su vida, sin violentar sus pasiones, sin imitar las virtudes de la Santísima Virgen.
No entienden sino la parte sensible de la devoción, ni gustan de su parte sólida; si no experimentan algo sensible en sus prácticas espirituales, creen que no hacen nada, se desentienden y lo abandonan todo, o lo hacen a la carrera y sin gusto.
El mundo está lleno de esta clase de devotos exteriores, y no hay gente que murmure más que ellos de las personas de verdadera oración, de las que, consagradas a la vida interior, creen que lo interior es la parte esencial, sin menospreciar por esto la devoción exterior, que va siempre junta con la verdadera y sólida devoción.

97. Los devotos presuntuosos son los pecadores abandonados a sus pasiones o los amantes del mundo que, con el nombre de cristianos y devotos de la Santísima Virgen, esconden, o el orgullo, o la avaricia, o la impureza, o la embriaguez, o la cólera, o el hábito de jurar, o la maledicencia, o la injusticia; devotos falsos que se duermen pacíficamente en sus malos pasos, sin hacerse violencia para corregirse; so pretexto de que son devotos de la Santísima Virgen, se prometen que Dios les perdonará, que no morirán sin confesión y que no se condenarán porque rezan el rosario, ayunan los sábados, pertenecen a tal o cual Cofradía, y van cargados de medallas y escapularios.
Cuando se les dice que su devoción no es más que una ilusión del demonio y una presunción perniciosa capaz de causarles su eterna perdición, no lo quieren creer; dicen que Dios es muy bueno y misericordioso, que no nos ha criado para condenarnos, que no hay hombre que no peque, que no morirán sin confesión, que basta un buen peccavi (¡Señor, pequé!) a la hora de la muerte, que ellos son devotos de la Virgen, que llevan el escapulario, que todos los días rezan en su honra, sin respeto humano ni vanidad, siete Padrenuestros y siete Avemarías, que rezan también alguna vez el rosario y el Oficio de la Santa Virgen, que ayunan, etc., etc.
En confirmación de lo que dicen, y para mayor ceguedad, cuentan algunas historias que han oído o leído en libros, verdaderos o falsos, poco importa, historias que acreditan que personas muertas en pecado mortal y sin confesión han resucitado para confesarse, o que su alma ha sido milagrosamente detenida en el cuerpo hasta después de la confesión, o que a la hora de la muerte han alcanzado, por la misericordia de la Santísima Virgen, la contrición y el perdón de los pecados, y, por consiguiente, se han salvado, porque durante su vida habían rezado algunas oraciones o ejecutado algunas prácticas de devoción a la Virgen, y así, esperan ellos obtener la misma gracia.

98. Nada es tan condenable en el Cristianismo como esta presunción diabólica, porque ¿es posible que se diga en verdad que se ama y se honra a la Virgen cuando por los pecados se hiere, se crucifica y se ultraja despiadadamente a Jesucristo su Hijo? Si María se obligase a salvar a esta clase de gentes, su misericordia autorizaría el crimen, y ayudaría a crucificar, a ultrajar a su divino Hijo, y ¿quién osará jamás pensarlo?

99. Abusar así de la devoción a la Santísima Virgen, que después de la devoción a Nuestro Señor es la más santa y sólida, es cometer un horrible sacrilegio, el mayor y el menos perdonable después del de la Comunión indigna.
Confieso que para ser verdaderamente devoto a la Virgen no es absolutamente necesario ser tan santo que se evite todo pecado, aunque esto sería de desear; pero sí es a lo menos menester (nótese bien lo que voy a decir): 1.º, estar en una resolución sincera de evitar, al menos, todo pecado mortal que ultraje tanto a la Madre como al Hijo; 2.º, violentarse para evitar el pecado; 3.º, ingresar en las cofradías, rezar la Corona, el santo Rosario u otras oraciones, ayunar los sábados, etc.

100. Todo esto es admirablemente útil para la conversión de los pecadores, aunque endurecidos, y si mi lector es de estos pecadores, aunque tuviera un pie en el abismo, le aconsejo practique algunas de estas devociones, si bien a condición de hacer estas buenas obras con la intención de obtener de Dios, por la intercesión de la Santísima Virgen, la gracia de la contrición y del perdón de sus pecados, y la fortaleza para vencer sus malos hábitos, y no con el fin de permanecer pacíficamente en estado de pecado mortal contra los remordimientos de su conciencia, el ejemplo de Jesucristo y de los Santos y las máximas del Evangelio.

101. Los devotos inconstantes son aquellos que son devotos de la Virgen por intervalos y por arranques, que tan pronto son fervientes como tibios, que en un momento parecen dispuestos a hacerlo todo por su servicio, y poco después no son ya los mismos. Los tales devotos abrazarán de pronto todas las devociones a la Santísima Virgen, entrarán en todas las Congregaciones, pero no practicarán las reglas con fidelidad; cambian como la luna, y María los pone bajo sus pies, porque son variables e indignos de ser contados entre los servidores de esta Virgen fiel, entre los que tienen por herencia la fidelidad y la constancia. Vale más no cargarse de tantas oraciones y prácticas de devoción, y hacer poco con amor y fidelidad a pesar del mundo, del demonio y de la carne, que hacer tanto y hacerlo tan mal y tan sin espíritu.

102. Hay además otros falsos devotos de la Santísima Virgen, que son los devotos hipócritas, los que cubren sus pecados y sus malos hábitos bajo el manto de María, a fin de pasar a los ojos de los hombres por lo que no son.

103. Hay, en fin, devotos interesados, que recurren a la Virgen sólo para ganar algún pleito, para evitar algún peligro, para curarse de una enfermedad o por alguna otra necesidad de esta clase, sin la que no se hubieran acordado de ella. Unos y otros son falsos devotos, inadmisibles ante Dios y su Santísima Madre.

104. Guardémonos de ser del número de los devotos críticos, que en nada creen y lo critican todo; de los devotos escrupulosos, que temen ser demasiado devotos de la Santísima Virgen por respeto a Jesucristo; de los devotos exteriores, que cifran toda su devoción en prácticas superficiales; de los devotos presuntuosos, que, confiados en su falsa devoción a la Virgen, se encharcan en pecados; de los devotos inconstantes, que por ligereza cambian sus prácticas de devoción o las dejan a cada instante o a la menor tentación; de los devotos hipócritas, que entran en las Cofradías y se visten la librea de la Virgen Santísima a fin de pasar por buenos, y, en fin, de los devotos interesados, que no recurren a la Virgen sino con el fin de librarse de los males del cuerpo o de alcanzar bienes temporales.

De la verdadera devoción a la Santísima Virgen

105. Después de haber descubierto y condenado las falsas devociones a la Santísima Virgen, es menester establecer en pocas palabras la verdadera, que es: 1.º, interior; 2.º, tierna; 3.º, santa; 4.º, constante; 5.º, desinteresada.

106. 1.º La devoción a la Santísima Virgen debe ser interior, es decir, debe partir del espíritu y del corazón; nace dicha devoción de la estima que se hace de la Virgen, de la alta idea que uno se ha formado de sus grandezas y del amor que se la tiene.

107. 2.º Es tierna, es decir, llena de confianza en la Santísima Virgen, como la de un niño para con su buena madre. Esta devoción es la que hace que un alma recurra a Ella en todas sus necesidades de cuerpo y espíritu con mucha sencillez, confianza y ternura; que implore la ayuda de su buena Madre en todo tiempo, en todo lugar y en todas las cosas; en sus dudas, para ser ilustrada; en sus extravíos, para ser enderezada; en sus tentaciones, para ser sostenida; en sus debilidades, para ser fortalecida; en sus caídas, para ser levantada; en sus abatimientos para ser animada; en sus escrúpulos, para ser librada de ellos; en las cruces, trabajos y contrariedades de la vida, para ser consolada. En fin, en todos los males de cuerpo y de espíritu, María es su recurso ordinario, sin temor de importunar a esta buena Madre ni de desagradar a Jesucristo.

108. 3.º La verdadera devoción a la Virgen es santa, es decir, que conduce a un alma a evitar el pecado y a imitar las virtudes de la Santísima Virgen, en particular la humildad profunda, la fe viva, la ciega obediencia, la continua oración, su universal mortificación, la pureza incomparable, la caridad ardiente, la heroica paciencia, la dulzura angelical y la divina sabiduría. Tales son las diez principales virtudes de la Santísima Virgen.

109. 4.º La verdadera devoción a la Santísima Virgen es constante; afirma a un alma en el bien y la lleva a no abandonar fácilmente las prácticas de devoción; la hace animosa para oponerse al mundo, y a sus costumbres y sus máximas, a la carne con sus apetitos y sus pasiones, y al demonio en sus tentaciones; de modo que una persona verdaderamente devota de la Santísima Virgen no es mudable, melancólica, escrupulosa ni medrosa.
Lo cual no quiere decir que no caiga ni cambie alguna vez en sus buenos hábitos y en su devoción; pero si cae, se levanta en seguida tendiendo la mano a su buena Madre; si pierde el gusto y la devoción sensible, no por esto se apena, porque el justo y el devoto fiel de María vive de la fe de Jesús y de María y no de los sentimientos de la naturaleza.

110. 5.º En fin, la verdadera devoción a la Santísima Virgen es desinteresada; es decir, inspira a un alma que no se busque a sí misma; sino sólo a Dios en su Santísima Madre. Un verdadero devoto de María no ama a esta augusta Reina por espíritu de lucro y de interés, ni por su bien temporal ni espiritual, sino únicamente porque merece ser servida, y Dios sólo en Ella; no ama a María precisamente porque le haya hecho algún bien o porque lo espera de Ella, sino porque María es sumamente amable. Por esto la ama y la sirve tan fielmente en los disgustos y sequedades como en las dulzuras y fervores sensibles; lo mismo sobre el Calvario como en las bodas de Caná. ¡Oh! ¡cuán agradable y precioso es a los ojos de Dios y de su Santísima Madre un devoto tal de la Virgen que nada busca en los servicios que la presta! Pero ¡qué raro es al presente! Precisamente porque no sea tan raro he emprendido este trabajo de traducir al papel lo que he enseñado con fruto en público y en privado en mis misiones durante tantos años.

111. He dicho ya muchas cosas de la Santísima Virgen y, sin embargo, tengo más que decir, y aún omitiré infinitamente más, ya por ignorancia, ya por insuficiencia, ya por falta de tiempo, según el designio que tengo de formar un verdadero devoto de María y un verdadero discípulo de Jesucristo.

112. ¡Oh! ¡qué bien empleado estaría mi trabajo si, cayendo este breve escrito entre las manos de un alma bien nacida, nacida de Dios y de María, y no de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, le descubriese e inspirase por gracia del Espíritu Santo la excelencia y el precio de la verdadera y sólida devoción a la Santísima Virgen, que deseo ahora manifestar! Si supiese yo que mi sangre criminal podría servir para escribir en el corazón de mis lectores las verdades que escribo en honor de mi amada Madre y Soberana Señora, de quien soy el último de los hijos y esclavos, usaría de ella en lugar de tinta para trazar estos caracteres, con la esperanza que abrigo de hallar almas buenas que, por su fidelidad a la práctica que voy a enseñar, resarcirán a mi amada Madre y Señora de las pérdidas causadas por mi ingratitud y mis infidelidades.

113. Hoy más que nunca me siento animado a creer y a esperar todo lo que tengo grabado profundamente en el corazón y que hace tantos años pido a Dios, a saber: tarde o temprano la Santísima Virgen tendrá más hijos, servidores y esclavos de amor que nunca, y que por este medio Jesucristo, mi querido Dueño, reine cual nunca en los corazones.

114. Preveo que surgirán bestias enemigas que bramarán furiosas intentando destrozar con sus diabólicos dientes este escrito pequeño, o al menos sepultarlo en el silencio de un cofre a fin de que no aparezca jamás, y también atacarán y perseguirán a los que lo lean y pongan en práctica. Pero ¿qué importa? Tanto mejor. Esta perspectiva me anima y hace esperar un gran éxito, es decir, un gran escuadrón de bravos y valientes soldados de Dios y de María, de uno y otro sexo, para combatir al mundo, al demonio y a la naturaleza corrompida en los tiempos, más que nunca peligrosos, que van a venir.

Quien lea entienda (Mat. 24,15). Quien pueda comprender, comprenda (Mat. 19,12).